Y protestamos, porque a nivel nacional 80% de la niñez mexicana no respira aire puro.
Y protestamos, porque los programas del gobierno federal, del estado y de los municipios, para combatir la crisis hídrica solamente se han preocupado por el abasto de agua y no por la calidad de esta. Minimizan, por ejemplo, la presencia de fluoruros, cuando existe toda la evidencia de que afectan el desarrollo cognitivo y dañan a los riñones.
Y protestamos, porque se olvidaron de apagar los hornos ladrilleros, cuyas emisiones están relacionadas con una mayor frecuencia de cáncer infantil. Por unos cuantos empleos matan al futuro.
Y protestamos, porque la calidad educativa en México es mala y además inequitativa con la niñez en situación de vulnerabilidad (por ejemplo, en cuanto a la población hablante de lengua indígena, en 2022 solo el 9.4% asistieron a educación superior, en comparación con el 35.9% de los jóvenes no hablantes de lengua indígena que sí lo hicieron -porcentaje que además es muy bajo en comparación con naciones desarrolladas-).
Y protestamos, porque la ruta para mejorar la calidad de los servicios de salud no precisa seguir acabando con la enfermedad sino evitar que la enfermedad aparezca. No necesitamos más médicos. Se requiere que haya menos pobreza.
Y protestamos, por la inseguridad en el país que se lleva a todas las infancias a jalar gatillos para evitar, aunque sea por dos segundos, ese canijo coraje de porque unos si y otros no.
Y seguiremos protestando, porque no queremos ciudades sostenibles, yo no quiero sostener el estado actual de las cosas, la niñez necesita otro mundo; sin basureros a cielo abierto, sin industrias intocables, pero de humos negros cual su conciencia, sin cultivos para obtener alcohol y sin cultivos que en la exportación se llevan nuestra agua, no, no queremos ciudades sostenibles llenas de sonrisas falsas.
Y protestamos y siempre contarán con mi protesta, porque muchas niñas, muchos niños y todos los jóvenes no pueden protestar porque ni tan siquiera se les ha permitido soñar. Hoy a 10 años, un rostro en alto y ya tengo mis dos puños bien cerrados.
LAS INFANCIAS EN SAN LUIS POTOSÍ
Casi cien mil niñas y niños en San Luis Potosí viven en municipios con un alto riesgo sindémico, afectados por cambio climático, contaminación, pérdida de biodiversidad, crisis hídrica y violencias.
En el Estado de San Luis Potosí no existe una vigilancia de la calidad de agua, por lo cual se pone en riesgo el desarrollo cognitivo de las infancias, y con ello no puede defenderse la equidad transgeneracional. Que los Gobernantes señalen su apoyo a la sostenibilidad, es, por lo tanto, una declaratoria demagógica.
En la Ciudad de San Luis Potosí no se monitorea la calidad del aire y ello permite que los hornos ladrilleros sigan funcionando y que más de 300 empresas operen sin conocer sus emisiones. La electrolítica de zinc es una joya a la falta de planeación urbana. Hoy esta empresa se encuentra rodeada de viviendas y centros escolares.
El nivel educativo de jóvenes bachilleres indígenas de preparatorias comunitarias es de primaria, con dificultades en el conocimiento de las operaciones aritméticas básicas.
En México, aproximadamente 7 de cada 100 niñas, niños y adolescentes viven en pobreza extrema, pero en el caso de los indígenas uno de cada dos son pobres extremos.
Y las estadísticas, los indicadores y la numerología podría seguir y seguir, para demostrar que los derechos humanos de la niñez no se protegen. En este camino, las niñas y los niños están lejos de ser el futuro. Las infancias llegarán enfermas y con menor capacidad intelectual. La brecha social se mantendrá. Quienes hayan nacido pobres, pobres se mantendrán.